La figura del General Nicolás Lindley López ocupa un lugar singular en la historia peruana. No fue un caudillo, ni un reformador radical, ni un militar que buscó perpetuarse. Fue, más bien, el oficial disciplinado que irrumpió en un momento de caos electoral para encauzar nuevamente el país hacia la legalidad, cumpliendo aquello que muchas veces se promete y pocas veces se ejecuta: entregar el poder a tiempo.
️ Orígenes y formación del militar institucional
Nicolás Eduardo Lindley López nació en Lima, el 16 de noviembre de 1908, en una familia de fuerte tradición de servicio. Ingresó en la Escuela Militar de Chorrillos, especializándose en artillería.
Desde sus primeros años mostró tres rasgos que marcarían su trayectoria:
- Disciplina estricta
- Respeto profundo por la jerarquía castrense
- Una visión institucional antes que personalista
Ascendió con rapidez y sin escándalos: mayor en 1941, teniente coronel en 1945, coronel poco después, y finalmente General de División y Comandante General del Ejército en 1962, uno de los cargos más determinantes de las Fuerzas Armadas.
En contraste con caudillos más carismáticos o ideológicos, Lindley era un militar sobrio, técnico y reservado. Su prestigio provenía de la confianza interna que inspiraba en el Ejército.
️ 1962: fraude electoral, crisis y el golpe militar
Las elecciones generales de 1962 fueron un torbellino político. Tres grandes candidatos polarizaban el país:
- Víctor Raúl Haya de la Torre (APRA)
- Fernando Belaunde Terry (Acción Popular)
- Manuel A. Odría (Unión Nacional Odriísta)
Los resultados fueron tan fragmentados y reñidos que el Congreso —encargado de elegir al presidente— se sumió en maniobras, denuncias de fraude y negociaciones opacas que amenazaban con paralizar al país.
Temiendo un colapso del orden constitucional, las Fuerzas Armadas, lideradas por el general Ricardo Pérez Godoy y con el respaldo decisivo de Lindley, ejecutaron el golpe del 18 de julio de 1962.
El objetivo declarado era claro:
impedir un fraude, moralizar la vida pública y convocar nuevas elecciones limpias.
️ La Junta Militar y la pugna interna (1962–1963)
Se instaló una Junta Militar presidida por Pérez Godoy. Lindley asumió como Ministro de Guerra y primer vicepresidente de la Junta.
Al inicio, el proyecto parecía consensuado: un gobierno militar corto y transitorio.
Pero pronto surgió un conflicto crucial:
- Pérez Godoy quería quedarse más tiempo, incluso coqueteando con un populismo personalista.
- Lindley y el ala institucionalista se mantuvieron firmes: la Junta debía cumplir su palabra y convocar elecciones inmediatas.
La tensión escaló hasta hacerse insostenible.
️ 3 de marzo de 1963: el “contragolpe” limpio
En un movimiento rápido, incruento y casi quirúrgico, Nicolás Lindley destituyó a Pérez Godoy el 3 de marzo de 1963.
Sin disparos.
Sin violencia.
Sin ruptura del orden interno del Ejército.
Fue un golpe dentro del golpe, cuyo único objetivo era restaurar la ruta hacia la constitucionalidad.
Lindley asumió entonces como Presidente de la Junta Militar de Gobierno, con un mandato explícito:
organizar las elecciones y entregar el mando a un civil elegido democráticamente.
️ Los 37 días de gobierno: un presidente puente
El mandato de Lindley —del 3 de marzo al 28 de julio de 1963— fue uno de los más cortos en la historia republicana, pero también uno de los más trascendentes en términos institucionales.
Durante esos 37 días:
- Garantizó elecciones libres el 9 de junio de 1963.
- Neutralizó presiones internas que buscaban prolongar el gobierno militar.
- Preparó la transición administrativa para un gobierno civil estable.
- Mantuvo el orden sin recurrir a represión ni propaganda.
El ganador de las elecciones fue Fernando Belaunde Terry, líder de Acción Popular.
El 28 de julio de 1963, fiel a su palabra, Lindley entregó la banda presidencial, en una ceremonia sobria y simbólica que devolvió al país la confianza en la democracia.
Legado: el soldado que cumplió su palabra
Nicolás Lindley López es recordado como:
- El militar constitucionalista por excelencia, aquel que interviene solo para restaurar el orden y luego se retira.
- El presidente de transición, sin ambiciones personales y sin proyectos de perpetuación.
- El contrapeso moral y profesional dentro de la institución armada frente a tentaciones autoritarias.
- El ejemplo de que una intervención militar puede —excepcionalmente— ser limitada, ordenada y terminada en el plazo previsto.
Tras su retiro, fue embajador en España (1964–1975) y vivió alejado de la política hasta su muerte en Lima el 3 de mayo de 1995.
Síntesis final
Nicolás Lindley López no transformó la economía, ni reescribió la Constitución, ni encabezó un proyecto ideológico.
Su papel fue otro: restaurar el orden democrático cuando este se había desmoronado.
En un país marcado por golpes prolongados, caudillismos armados y dictaduras militares, Lindley representa una figura excepcional:
el general que tomó el poder solo para devolvérselo al pueblo.