Ficha de la pieza
- Fecha de publicación: Diciembre de 1926
- Páginas: 2
- Lugar de publicación: Lima, Perú
Texto íntegro
Sobre la Cultura Hispano-americana
POR LUIS ALBERTO SÁNCHEZ
En “Mercurio Peruano” último acabo de leer un artículo de su director y fundador, don Víctor Andrés Belaúnde, sobre “Corrientes Principales en la Literatura de Hispanoamérica”, el cual contiene afirmaciones dignas de ser comentadas. Tienden a formar de las literaturas nacionales sociales una sola haz, y ahuyentar del continentalismo las divisiones nacionales; es decir formar un concepto en el cual las voces discrepantes —sean nostalgias indígenas, sensualismos negros, rigidez castellana, molicie árabe, practicismo sajón, ardor itálico— constituyan los encontrados acentos indispensables para que la armonía no se vuelva monótona y la polifonía lidie con lo arbitrario.
Claro está que ese fervor continental, ese que la generación devota de Rodó llamó, por boca de uno de sus gerifaltes, “La Creación de un Continente”; claro está que ese fervor es una meta que trasunta un anhelo justo. Pero el anhelo no es la constatación. Y quien describe corrientes actuales, debe aplicar más el oído al momento que pasa y no confundir las palpitaciones de su corazón en espera.
Yo no creo advertir en la literatura americana esa unidad espiritual íntima y perfecta que avizora Belaúnde. Antes por el contrario, cuanto más estudio la literatura del Continente, más creo advertir que, a pesar de su fondo idéntico, de esa uniformidad ancestral, las nuevas naciones devienen oír sus voces distintas, y ocurre el similar trance primigenio evocado por el autor de “Eurindia”, cuando, analizando diversas literaturas hispanoamericanas, encuentra en ellas como una tonación familiar, pero modificada profundamente por el tono personal de cada pueblo.
Crée Belaúnde que uno de los medios más directos de llegar a la unidad es la formación de una “alta cultura” y el estudio de cumbres.
Mas, para llegar a formar esa “alta cultura” hispanoamericana, hay que meditar detenidamente. Primero, en que toda “alta cultura” es peligrosa, porque trae consigo la inevitable secuela de la educación de élite, la formación de grupos escogidos, de minorías selectas y tendientes a la oligarquía. Segundo, en que para formar esa “alta cultura”, en Hispanoamérica, no es recto proceder prescindir de la “mera erudición”, puesto que tal actitud entraña una lamentable confusión entre la realidad de pueblos viejos, y la nuestra, aún no conscientes de nosotros mismos, ignorantes de los repliegues de nuestra alma, sin la base del conocimiento detallado y menudo de nuestra realidad y nuestro pensamiento, condiciones esenciales para formular las duraderas síntesis del futuro. Por eso mismo, nuestras obras presentes, quizás sean excesivas en la extensión, en el análisis; pero así han sido siempre los fundamentos de todo bello sistema. Si el mundo hubiera estado al tanto de la terminología y las premisas de Spengler, hablarle bastado a éste unos cuantos capítulos para condensar el pensamiento central de su doctrina. Si Europa produce admirables síntesis, ello es resultado de largas búsquedas seculares. Antes de un resumen de Faguet se han necesitado muchos Petit de Julleville. Cien academias confluyeron para producir la unidad de las dos epopeyas homéricas. Por eso insisto en que la “mera erudición” recién comienza en América. Porque, antes del novecientos, solo se llevaron a cabo esfuerzos de fantasía y labor, no fue de hormiga hacendosa, sino de doctora vocinglera y multicolor.
No existe, pues, el peligro de que el detalle excesivo nazca confusiones. El crítico sintético, el buscador de bellezas verdaderas, no se pierde fácilmente entre una multitud de nombres. Más fácil habría sido perderse entre la multitud de teólogos medievales, y, embargo, no sobresalió sino el Doctor Angélico, el Sutil Escoto, el Eximio Suárez y algunos otros. Para llegar a esta síntesis, lo que menos se tuvo en cuenta fue “las preferencias y la actitud del público”. Este suele equivocarse más de lo que acierta en materia de arte. Porque el público tenido por tal, no está formado por el pueblo, que sabe siempre escoger su arte rudimentario, pero fresco y espontáneo dentro del primitivismo; ni por los espíritus cultivados que no yerran mucho en sus ídolos comunes. El otro público, el así llamado por antonomasia, es el peor juez en materia de literatura. Ese es el que prefiere a Barrene, Invernizzi, Fevales, Trigès, Mardens, Pezas, Rues. Ese es el que encuentra tosco y cursi al “Cancionero de Lima” y oscuro a José María Eguren; el que mirará con desprecio a Chano y a Contreras, y con extrañeza a Herrera y Reissig; el que encontrará burdo a Aniceto el Gallo y extravagante a Lugones. Para él hay una comparación certera que aprendí a Pascal.
La unidad espiritual de Hispanoamérica no es, pues, un hecho, ni basta para probarla la simultaneidad de las “corrientes modernistas y neohumanistas en el ensayo, que han dominado en los últimos años”. En todo el mundo ha ocurrido fenómeno análogo, y algo más aún: el sentido deportivo, humorístico en el arte de vanguardia, el sintetismo, la metáfora viva, la ruptura de la armonía verbal para buscar la orquestación interna, son síntomas que convienen lo mismo al arte americano que al europeo. Si ello fuera causa de que desaparecieran las divisiones nacionales para formar sólo un arte americano, yo iría más allá todavía: yo iría a suprimir la literatura continental y pediría que solo se escribiera y se estudiara la literatura universal. El romanticismo, lo mismo que el realismo, constituyeron fenómenos mundiales. El realismo muchas veces como decía Queiroz, se limitó a ser una etiqueta que los artistas románticos colocaban asustados en la carátula de sus libros, para que el público no fuese a pensar que estaban quedando retrasados. Sucede lo propio, ahora, con el “vanguardismo”: muchos escritores de alma vieja, de estilo arcaico, intentan pininos vanguardistas por no parecer anticuados.
Hay moda de tener doctrina. En el fondo, es probable que muchos de los críticos conservadores y demoledores, lo sean porque se han hecho la resolución de experimentar la emoción social. Y a la voz de mar de su sensibilidad disciplinada —vale decir mentirosa y mediocre— el corazón se ha sentido apostólico y el cerebro guía…
Por eso no creo en que la universalidad de las escuelas nuevas sea un argumento para negar la existencia de literaturas nacionales en América. Además, tiene peligros tratar de encauzar este movimiento ubérrimo de Hispanoamérica, si no se le ausculta con detención. No es posible sostener todavía que la literatura peruana se distinga por la tradición o su sentido picaresco y la chilena por lo erudito. Ni es justo invocar dentro de la literatura académica colombiana a la de Venezuela. Una vez más, el fenómeno político no tiene ninguna consonancia con el literario. Aquel congreso en una sola Nación la Gran Colombia, a Venezuela, Colombia y Ecuador. Pero, literariamente, Venezuela no es la académica Colombia. El humanismo de ésta se diferencia mucho del fervor polémico de aquella. El pensamiento romántico de Bolívar es el primer paso en una senda de la cual irán a surgir como admirables hitos, desde la prosa robusta de Juan Vicente González, hasta el furor polémico de Blanco Fombona, la osadía de Vallenilla, la sutileza de Díaz Rodríguez, el vigor de Pocaterra…… En el Perú, la tradición y la picardía, significan una etapa, un capítulo, pero nada definitivo. Seguir repitiendo esto, sería ignorar el acervo de la tradición serrana, lo que hay de airado en Prada, de nostálgico en Garcilazo, de lujuria verbal en Lunarejo, de dolido en Márquez y Salaverry, de disimulado latigazo en Pardo, de angustia en Vallejo, de frondoso en Chocano, de ingenuidad celeste en Eguren, de humorismo nuevo en Chabes, de agitación en Mariátegui, de evocador apasionado en Valcárcel, y sería olvidar a toda la nueva generación de Chile, a los Neruda, Mistral, Vega, Barrios, Molina, creer que la tendencia erudita de los Medin, Barrós Arana, Lastarria, Vicuña Mackenna, Montt, continuara floreciendo en el sur.
La fisonomía de Hispanoamérica ha cambiado radicalmente. Yo desearía que Belaúnde volviese pronto para que constatase cuán difícil es escribir a la distancia de una realidad variable cada día. Así como es necesario alejarse un poco de un cuadro para verlo mejor, así es peligroso proceder de tal manera, cuando el cuadro no es un lienzo inmutable, sino un fenómeno humano en incesante evolución, un flujo y reflujo perenne, una agitación que no acaba nunca. Seguramente, por eso, coloca aún a Rodó como luminar excelso de América, sin reparar que el mundo cambia y que el símbolo que su generación entrevió en el gran escritor uruguayo, ha sufrido modificaciones radicales. Vería cómo admiramos a Rodó escritor, y cómo su prestigio de maestro —el que da vida, sangre, cultura— ha decaído mucho. Que “Ariel” nos parece una hermosa lección académica. Y que exegetas modernos candean en todo ello. Ya desde aquellos años de profunda devoción arielesca, Riva Agüero se resistía a creer en la eficacia del modelo griego, de la euphrosine, en democracia de zambos. Ya Ventura García Calderón, de la misma generación que Riva Agüero y Belaúnde, ha dicho muchas cosas que es prudente olvidar por ahora. Y ya en Uruguay mismo, aun en el libro exegético de Perez Petit, en las críticas de Gallinal, del vehemente Lasplaces, de Zum Felde, de Crispo Acosta, la obra admirable de Rodó está tomando sus justas proporciones; y de los “Motivos de Proteo“ queda nada más que la prosa repujada, y “Ariel“ continúa siendo una hermosa lección de un profesor cordial en que las letras ascendían no perturbadas por armonioso discurrir de su cerebro privilegiado. Además…
No hay literatura en el mundo que no deje advertir la lucha entre el criterio desinteresado y el pragmático. De ahí lo perdurable del símbolo de “La Tempestad” shakesperiana. No es, pues, exacto querer fijar el tal lucha de tradición y reforma, de idealismo y pragmatismo, en el mero esencial de la literatura americana. Hay que precisar más. Buscar el choque entre los elementos aborígenes y exóticos; luego, la brega entre lo criollo y lo cosmopolita. Ambos tienen su tradición y ambos tienen su ideal de reforma. Ambos poseen un léxico y una sensibilidad distintas. Y ambos sienten la influencia del momento y de la tierra de manera adversa. Raza, naturaleza y cultura encierran la clave del fenómeno. “Eurindia“—fusión de indígenas y europeos—es su fórmula más simple. Pero, el problema en el cual están preocupados todos, conservadores y revolucionarios, tradicionalistas y vanguardistas ortodoxos, pretenden llevar a cabo sus programas fundándose ambos en la tierra. Vanguardia invoca el pasado incaico en el Perú. Los conservadores se aferran a lo criollo y, más que eso, a lo colonial español, a lo que alguna vez, llamé “perricholismo”. He aquí, pues, invertido el problema expuesto en “Mercurio Peruano“. Los europeizantes colonialistas, son conservadores. Los autóctonistas indigenistas son revolucionarios. Ambos claman al alma pastusa, por igual, en el modelo europeo y en la inspiración nacional. Habrá que asistir atentamente al desarrollo de la lucha que se inicia. Y ella es mas compleja, mucho más compleja de lo que se imaginan quienes aún pretenden realizar el imposible de reducir a fórmulas simplistas el grave asunto de la cultura hispanoamericana.
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