Ficha de la pieza
- Fecha de publicación: Diciembre de 1926
- Páginas: 2
- Lugar de publicación: Lima, Perú
Texto íntegro
SEÑALES DE NUESTRO TIEMPO
por MARÍA WIESSE
LA IMAGEN Y LA PALABRA
El ritmo precipitado y quizá un poco inarmónico de la vida moderna concuerda perfectamente con el ritmo intenso y nervioso del cinema. Esta época es la época de la imagen, que triunfa sobre la palabra. Más que un diálogo nos emociona y nos seduce una actitud, una expresión, un gesto o una mirada. Se anhelan emociones fuertes y, al mismo tiempo, fugaces. No es síntoma de frivolidad, ni de decadencia esta afición de los públicos de hoy por los films policíacos y las películas de aventuras. La decadencia actual está, más bien, en el amor desmedido al dinero y en los sacrificios que se hacen para conseguirlo. Tan poca cultura y selección espiritual había en los públicos de antaño, que escuchaban con deleite los interminables diálogos y los redundantes parlamentos de las comedias de cualquier señor Echegaray o Sardou, como en las gentes de nuestros días, que miran encantadas las cintas de cualquier marca Paramount o Vitagraph. ¿Qué hoy se gusta demasiado del cinema? ¿Qué se olvidan las auténticas, las grandes obras del teatro y que Shakespeare, Molière, Calderón de la Barca van perdiendo sus derechos y su prestigio? No hay que alarmarse por este gusto exagerado por la imagen. Es una señal de la sicología de nuestro tiempo y revela la relación que existe entre estos dos dinamismos; el del espíritu moderno y el de las moving pictures, como también se llama en inglés al arte del cinema. Porque el cinema es un arte y allí está lo que debe alarmarnos; que de una expresión tan rica y brillante de belleza y de vida hayan fabricantes sin talento y sin cultura una industria vulgar, necia, pueril y cuajada de todos los defectos de las malas producciones dramáticas. Esa industria es la que debe condenarse y combatirse; los dramones cursis y las comedias a lo Ohnet y a lo Linares Rivas.
La imagen triunfadora de la palabra, la imagen que nos sugestiona y nos cautiva no puede hacer olvidar los diálogos—pasión, poesía y música maravillosas— de Romeo y Julieta, ni el dolor de Otelo, ni la inquietud de Hamlet, ni la gracia adorable del sueño de una noche de verano. Las muecas geniales de Charlie Chaplin provocan nuestra alegría, pero no harán que se apodere de nuestro espíritu la ironía amarga del “Tartufo” o del “Misántropo” y, a pesar de gustarnos mucho, muchísimo, la dulzura casi infantil de Lilian Gish, la varonil actitud de Navarro y el rostro inteligentísimo de Signoret, con qué placer saboreamos a Crommelynck y a Bernard Shaw, a Pirandello, a Porto-Riche, de Curely y a Courteline.
FILOSOFÍA DE LA FRIVOLIDAD
La frivolidad no es tan frívola como parece. A veces encierra un sentido filosófico bastante hondo y esas pequeñas y bonitas cosas sin importancia, como son un peinado, un traje o cualquier detalle de la toilette de una mujer, pueden decirnos mucho acerca de las modalidades espirituales de un siglo. Así como lo sagrado y el manto del colonialismo indicaban el misterio, la picardía y la liviandad, que informaban entonces la trama de las costumbres y de la existencia femeninas, la peluca de la garçone, la silueta a la garçone, son indicios de cómo han entrado el sport y el trabajo en la vida de la mujer moderna. (Y también el anhelo vivísimo de libertad, emancipación, de igualdad en derechos con el hombre; anhelo que tiene de justo y de injusto y que se refleja en las modas actuales un poco masculinizadas, un poco sin la gracia suave y lánguida de hace algunos años.)
En vano han vociferado los moralistas contra la mutilación del cabello femenino y contra la falda, que descubre la pierna, restándole casi todo su encanto, por cierto.
En vano los poetas han llorado sobre “la trenza de oro o de ébano”, que caían al suelo bajo la tijera cruel; en vano han prodigado los caricaturistas sus sátiras en diarios y revistas; las mujeres no han querido oír a los moralistas, ni han tenido piedad de las lágrimas de los poetas, ni han temido el ridículo con que las atacaban los caricaturistas. En este siglo de campeonas de tennis y de natación, de chauffeuses, lectoras, oficinistas, periodistas y abogadas, resultaban anacrónicos e incómodos el cabello y el traje largos. Las mujeres han sacrificado su cabellera por obedecer a una moda más o menos graciosa y seductora, pero también lo han hecho impulsadas por corrientes de este tiempo; deporte, trabajo y feminismo.
EL PROCESO DEL GAMONALISMO
A partir de enero próximo, “Amauta” publicará mensualmente un boletín de protesta indígena, destinado a denunciar los crímenes y abusos del gamonalismo y de sus agentes.
Nuestro boletín se propone únicamente la acusación documentada de los desmanes contra los indios con el doble propósito de iluminar la conciencia pública sobre la tragedia indígena y de aportar una nueva serie de testimonios al juicio, al proceso del gamonalismo.
Los indígenas que individual o colectivamente sufran un vejamen o una explotación, pueden hacerla conocer por medio de este boletín, que facilitándoles un instrumento de denuncia pública, les permitirá conseguir, al menos, una sanción moral para sus expoliadores. Todas las denuncias deben venir garantizadas por las firmas de los interesados, legalizadas notarialmente en los casos en que esto sea posible. La publicación será gratuita.
No nos encargamos absolutamente de gestiones ante las oficinas públicas. Nuestro objeto es documentar concretamente el proceso contra los gamonales. Para esta labor contamos con el concurso entusiasta de nuestra estimada colaboradora Dora Mayer de Zulen y de los buenos supertítes de la extinta Asociación Pro-Indígena.
FLIRT Y CAMARADERÍA
Del contacto frecuente en los centros de trabajo y en los centros de sport ha nacido entre el hombre y la mujer un vínculo que no conocieron otras generaciones: la camaradería. Un joven y una muchacha trabajan juntos en una oficina o se encuentran en el court de tennis para el partido diario. No se enamoran el uno del otro, pero sí surge entre ellos un sentimiento sencillo, sano y vigoroso, exento de todas las complicaciones tantas veces dolorosas del amor; un sentimiento muy semejante a la buena amistad de dos compañeros de colegio. La camaradería no es romántica, por cierto, ni la adornan los matices de la amistad, que tan fácilmente se torna “amorosa”, pero sí tiene la lozanía y la frescura de una planta silvestre. Es muy siglo veinte el revés del flirt—ese juego ingenioso y sutil, pero un poco malsano y que abusó hasta la corazonería y la falsa transparencia—practicado ya en “ese buen tiempo de duques pastores, amantes princesas y tiernos galanes” que diría el poeta de “Prosas Profanas”. Porque la pareja humana ha gustado siempre de jugar, un poco perversamente, con sus más sagrados sentimientos y lo único nuevo que trae el flirt es su nombre, perfectamente aclimatado al castellano, y subrayado ahora, con las estridencias del jazz-band.
EL RADIO Y LA LITERATURA
El periódico y la revista crearon “su” literatura—matando, por cierto, muchos talentos, que no supieron escapar, a tiempo, a la voracidad de ese gran monstruo, que es el periodismo—el radio, también, está formando la suya y muy pronto habrá una legión de escritores especialistas para audiciones de T. S. H. (En Francia, por ejemplo, ya hay novelistas, que se dedican a escribir folletines para los abonados de las estaciones radio-telegráficas, ni más, ni menos que si se tratara de un diario o de una revista ilustrada.) ¿Qué virtudes y cualidades pedirá el radio a “sus” escritores? ¿Cuál será la buena y cuál será la mala literatura de la T. S. H.? Hay que imaginar un abonado con el fonófono en el oído o ante su radio. Ese hombre tiene derecho a escuchar algo breve, ameno y claro. Las lecturas largas—aun sembradas de bellezas literarias y de exquisitez—le estarán aburriendo profundamente, al ser transmitidas por la onda. “Salambó”—por ejemplo—perdería toda su hermosura leída en una estación OAX o LOZ. La novela, el cuento o charla—número de programa de radio—tiene que llegar al oyente—ya no se trata del lector—rápida, escueta, despojada de oscuridad y sutilezas, encerrando el máximo de palabras. Y qué imaginación tan viva y poderosa han de poseer los prosadores de radio-telefonía, para sugerir la fábula que fuera del marco del libro familiar y querido y del periódico, que ya es un viejo compañero de la existencia actual, haga interesantes y seductoras las horas de la velada hogareña.
LA ETERNA PAREJA Y LA VIEJA MORAL
Ni el amor, ni la moral han cambiado en su esencia. Presentan otros matices, sí, distintos detalles y se han revestido de otro aspecto, pero su estructura y sus líneas generales son las mismas, que al principio del mundo, cuando la pareja humana joven, ingenua y bella se enlazaba bajo el cielo de las primeras edades del universo. Más sonriente, aligerada de muchos de aquellos prejuicios, con que la envolvió la intolerancia y la pequeñez espiritual de los hombres, se nos presenta hoy la moral. Pero los viejos preceptos permanecen intactos y no ha perdido su fuerza aquella voz, que ordenó, un día, tanto al hombre como a la mujer, ser bueno, compasivo, honrado y cuidar de la limpieza del corazón y de la pureza del alma como de magnífico tesoro. No importa que hayan variado las fórmulas y la letra; perdura y perdurará siempre el espíritu de los deberes y de las grandes leyes morales.
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¿Y el amor? ¿Será cierto—como lamentan algunos—que en este siglo sin romanticismo y sin ilusiones se ha agotado la fuente del eterno sentimiento? ¿Acaso el hombre y la mujer ya no saben murmurar las dulces y ardientes palabras, que como un leitmotiv pleno de armonía, han repetido, desde tiempos inmemoriales, la humanidad? Cargada está la hora presente de preocupaciones económicas y políticas y, sin embargo, el melodioso leitmotiv no ha cesado de resonar. El dinero y el sentido erótico—cuántos crímenes y tragedias pasionales registran las estadísticas—se dividen el dominio del mundo. Los poetas cantan al motor, a la fábrica y al foot-ball, pero también a su amor y a su desesperanza. Muchas veces el artista—como lo hacía los románticos—necesariamente evoca la figura de la amada en el lienzo. Y cómo palpita, honda y dolorida, la nostalgia amorosa en la “sonata” de Lecken, en el “Nocturno” de Fauré, en el “Poema” de Chausson y en las canciones de Duparc.
“Más fuerte que la muerte”, el amor sigue arrojando a los seres el uno hacia el otro. Ella, la emancipada—la emancipada la educación, el ambiente, el trabajo y las costumbres—, él, el hombre moderno fuerte, libre, un poco cínico—sólo lo inquietan y lo interesan los negocios y los asuntos de finanzas—se encontrarán cualquier día y—a pesar de todo—cantará el viejo tema amoroso en sus corazones. Y buscarán la complicidad del atardecer para formar—en la decoración romántica de un jardín, de una alameda o frente al mar—la inmortal, la eterna pareja humana.
Lima, diciembre de 1926.
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