Ficha de la pieza
- Fecha de publicación: 1957
- Editorial: Editorial Assandri
- Lugar de publicación: Córdoba, Argentina
Texto íntegro
Si. El dinero es necesario para vivir, pero vivir no es llenar las necesidades materiales ni acumular posesiones o disfrutar placeres. Es dar más que recibir. Paree que, en ello, la naturaleza nos ofreciera una lección. Muchos seres de especies inferiores dividen su existencia en dos etapas bien definidas: en la primera almacenan alimentos y se proveen abundantemente; en la segunda, los gastan. La etapa previa es solamente una preparación para la vida que, en la segunda, es floración dar, goce incontaminado de existir frente al sol y de prodigar lo que acumulara en la sombra embrional. Anatole Franco se lamentaba de que los hombres no fuéramos como ciertos insectos que, luego de pasarse muchos días preparándose en la oscuridad y el silenció larval, irrumpen en la existencia, para disfrutar de unas horas dedicadas exclusivamente al amor.
La vida ofrece al hombre un abanico de horizontes llenos de inmensas posibilidades e innumerables caminos. Para aprovechar esa dádiva debemos viajar con la mirada dirigida hacia la lejanía y el ánimo predispuesto al vuelo y ello no puede ser si nos hallamos dominados por el ansia de posesión o el miedo al mañana.
No es posible existir sin obtener lo necesario para mantener esa existencia que debe renovarse cada día, pero es absurdo que se gaste en alimentarse ella misma y que no seamos capaces de aprovechar todo lo que nos ofrece cuando, libres de las ataduras materiales, podemos mirar alrededor y sumergirnos gozosamente en el mar de las posibilidades que nos brinda.
En realidad, el ansia de posesión y la incansable búsqueda de lo material no son sino hijas del miedo. Miedo que, agarrado a nuestras entrañas espirituales, nació en las primeras etapas de nuestra formación, cuando nos hallarnos en el mundo sin armas y a merced de los adultos que nos rodeaban y que no fueron capaces de inculcarnos la certeza de que nuestras necesidades no dejarían de ser satisfechas y permitieron que la angustia se apoderara de nuestra pequeña alma y tomara en nuestro inconsciente las proporciones de un fantasma que nos perseguiría toda la existencia.
Si nos detenemos a pensarlo, pronto comprenderemos que no son las posesiones materiales las que pueden ofrecernos la felicidad. Si tenemos a nuestro alcance lo necesario para satisfacer los llamados perentorios de nuestro cuerpo, es nuestra capacidad de volcarnos hacia afuera, nuestra posibilidad de darnos la que nos ofrece el camino hacia el goce del mundo y hacia la real posesión de él.
Si somos capaces de dar; y de dar de nosotros mismos, seremos merecedores de recibir y se nos dará a manos llenas, no de los bienes que se agotan y nos frustran, sino de aquellos que, una vez, adquiridos, acrecen su caudal dentro de nuestro Yo y nos ofrecen el incomparable tesoro que se disfruta sin temor a que se gaste y que hace ricos, con nosotros, a todos los que nos rodean.
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