Ficha de la pieza
- Fecha de publicación: 1957
- Editorial: Editorial Assandri
- Lugar de publicación: Córdoba, Argentina
Texto íntegro
Hay, al lado del amor, otro problema que el médico encuentra constantemente: el de la religión. Un problema que tu inteligencia o tu conocimiento no puede resolver. El hombre necesita confiar, necesita esperar, necesita creer y es la religión la confianza suprema, la esperanza suprema, la suprema creencia. Frente a ella poco valen los razonamientos, porque esta más allá de la lógica, en un nivel distinto, donde la ciencia ha perdido su valor y en el que se mueven fuerzas, no por oscuras menos poderosas, no por irracionales menos decisivas. Es un nivel en que el hombre renuncia a su individualidad y se une a sus semejantes y al universo todo en una comunión suprema. Se ha dicho ya que la palabra religión tiene su raíz en re-ligare, enlazar, reunir, volver a atar, y ese significado encierra, quizás, su más hondo valor al colocarnos ante la idea de que cualquier hombre no es sino una pequeña parte de la humanidad, que no es capaz de vivir sin ella o fuera de ella y que todo, todo lo que tiene, a ella pertenece.
En realidad, no podemos vanagloriarnos de poseer nada propio. Debemos, a nuestros padres y a los padres de nuestros padres las características de nuestro cuerpo y las dotes de nuestro espíritu, a nuestros maestros lodo lo que sabemos, a los hombres que, a lo largo de la historia, estudiaron y descubrieron, lo poco de que somos capaces. Sin ellos no seríamos nada, no sabríamos nada, no podríamos nada. Las conquistas de nuestra inteligencia, de nuestro saber o de nuestra energía no hubieran sido posibles sin ellos. Si así reflexionas te sentirás sinceramente humilde y eternamente agradecido, desaparecerá tu vanidad y se hará ridículo tu orgullo, disminuirá tu prole fisión y. se achicará tu ansia de poseer. Te verás como lo que eres, como lo que somos todos: pequeñas criaturas endeudadas en cada una de cuyas palabras se repiten las palabras de cien generaciones y en cada uno de cuyos actos se refleja el impulso de toda la humanidad.
Si ello es así, si debemos todo a todos, ¿Qué menos podemos hacer que devolver algo, que pagar una pequeña parte, siquiera de nuestra deuda? ¿Que menos podemos, si somos justos, que buscar la manera de retribuir con el bien que seamos capaces de hacer los inmensos bienes que la humanidad nos hizo? No se necesita para ello que nos ofrezcan premios ni que nos amenacen con castigos; basta con que podamos comprender y, en toda justicia, devolver una pequeñísima parte de lo que se nos dio. Ésa comprensión y esa solidaridad serán el comienzo de toda re-ligazón.
Pero los hombres buscan algo más y cada uno encuentra en su religión una cosa distinta, la usa de manera diferente y sufre por diversos motivos a ella unidos.
Si eres un médico de verdad, si piensas en tus pacientes como en seres humanos que merecen una consideración integral, si sabes que sus problemas espirituales tienen tanta importancia como sus problemas materiales para la determinación de la salud o la enfermedad, la vida o la muerte, tendrás, pues que enfrentarte, una y otra vez con los problemas religiosos de los enfermos. ¿Que debemos hacer? Una vez más, no pretendo ofrecerle una solución, transmitirte la verdad; quiero apenas, decirte, mi verdad.
No debes, jamás, discutir ni juzgar la religión de tus enfermos; no puedes, en ninguna ocasión, tratar de imponer tus creencias a los hombres que, en momentos difícil vienen a buscar tu ayuda y tu consejo. Sería aprovechar de su debilidad para hacer prevalecer ideas propias que, en este caso más que ningún otro, pueden ser las equivocadas.
Pero, si no es tu papel el considerar la religión en sí, si no tienes ni capacidad ni derecho para juzgarla como tal, hay algo que estás obligado a ver y sobre lo que debes pronunciarte: el uso que cada hombre hace de su religión.
Voy a emplear para hacer claro mi pensamiento, un ejemplo que he presentado a mis discípulos muchas veces: ante un hombre que lleva un bastón, cada uno se coloca en el punto de vista más acorde con sus intereses y sus posibilidades. El experto en modas juzgará si el usarlo responde a sus normas; el bastonero se pronunciará acerca de las calidades del bastón en sí; el estela dirá su palabra en conexión con su particular punto de vista. A mí me interesaría, más que si el bastón es fino, o si está hecho de ésta u otra clase de madera, si "se lleva" o no, me interesaría qué es lo que ese hombre hace con él, para qué le sirve, con qué propósito lo usa. Así descubriré que hay quien lo emplea para llamar la atención, quien lo necesita para apoyarse en él y quien lo utiliza como arma para golpear a los demás. Si estoy llamado a ayudar a esos hombres, me basaré en aquel conocimiento para aconsejarlos. Parecida debe ser la posición del médico frente a la religión de sus enfermos: no tiene derecho a pronunciarse sobre la religión misma, no juzgará si es mala o es buena, preciosa o inútil, verdadera o falsa pero sí deberá decir su palabra sobre la forma cómo cada hombre usa su religión, qué hace con ella, con qué propósito la emplea. Es en ese campo, y sólo en ese, en el que el médico puede opinar y es únicamente en él que su palabra será útil, justa y calificada.
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