Ficha de la pieza
- Fecha de publicación: 1957
- Editorial: Editorial Assandri
- Lugar de publicación: Córdoba, Argentina
Texto íntegro
¿Cuál es el papel del médico?
La respuesta parece fácil: devolver la salud. Pero he aquí que nos encontramos con un interrogante más: ¿Qué es la salud? A lo largo de toda la historia de la medicina, los teóricos han querido contestar a esta pregunta inquietante. ¿Qué es la salud? ¿Es la ausencia de síntomas? No, porque muchas enfermedades transcurren durante largo tiempo sin manifestarse en sintomatología. ¿Es la “normalidad”? Pero, ¿qué es la normalidad? ¿Debemos tomar la palabra norma en el sentido de paradigma? En ese caso, nadie es normal, porque todos nos alejamos más o menos, en una u otra forma, pequeña o grande, de la perfección de estructura o de función. ¿Es normal el que no se aparta mucho del promedio de sus semejantes? Deberíamos entonces considerar como normales ciertas “enfermedades”: si el promedio de los seres humanos presenta, por ejemplo, caries dentarias, ¿debemos considerar como anormal al que no la tenga?
Si no sabemos qué cosa es la salud, no podemos definir el papel del médico partiendo de una incógnita. Quizás podríamos decir que su manera de ayudar a los hombres es hacer desaparecer los sufrimientos. Sería esa su ocupación, pero no su papel en la vida, ya que, en general, en una u otra forma, todos estamos destinados a tratar de disminuir el sufrimiento de nuestros semejantes. El sacerdote y el filósofo en su esfera, así como el gobernante, el economista o el ingeniero en la suya, trabajan efectivamente para anular o disminuir el sufrimiento. Y no es, por supuesto, sólo el dolor físico el que el médico debe combatir; más sufre el hombre por dolores espirituales y por desgarraduras psíquicas que por cualquier alteración momentánea de su fisiología.
Alguien ha dicho que el papel del médico es “curar pocas veces, mejorar muchas y consolar siempre”, pero esto sugiere una acción ortopédica, de apoyo, y no de construcción. Y el médico no debe sólo remediar o parchar, sino crear, superar y ennoblecer.
¿Ayuda, en realidad, a un hombre que ha intentado suicidarse, curando la herida o neutralizando el tóxico y dejando sin tocar los problemas que lo llevaron a una solución tan extrema? ¿Ha cumplido su papel el médico que salva la vida a una mujer que trató de eliminar su hijo en germen, si la deja con todas las angustias que ese hijo provocara y que la condujeron a tan peligroso acto? ¿Puede estar satisfecho el que devuelve la salud a un anormal y le permite retornar a la sociedad para continuar haciendo daño? He aquí preguntas que pueden multiplicarse al infinito y cuya respuesta busca todo médico de verdad inútilmente en los libros y, dolorosamente, en su conciencia.
Se ha dicho también que lo que el médico debe procurar es la adaptación del hombre a su medio. Ello significa, naturalmente, la adaptación psicofisiológica: la obtención de un equilibrio más o menos estable con el ambiente físico y con el ambiente espiritual. A primera vista, esa parece ser la respuesta. Un ser humano que se encuentra en equilibrio fisiológico, sin enfermedades, y en equilibrio psicológico, sin angustia, podría considerarse como “sano”.
Pero, ¿debe el médico tener en consideración solamente al individuo? Ese hombre “sano”, perfectamente adaptado, sería, en realidad, un mediocre. Son las naturalezas no adaptadas ni adaptables las que significan algo en el progreso de la humanidad. El genio es, por definición, un inadaptado. ¿Sería el papel del médico destruir esa inadaptación y, si ello fuera posible, convertir al genio en “uno más”? Quizás, desde el punto de vista del individuo, el “ser promedio”, el ser perfectamente adaptado, sería el que no sufre. Pero el médico se debe también a la humanidad. Su papel no sería concebible sin una resonancia social. Si le fuera posible adaptar perfectamente a los hombres, y considerara esa su misión, habría destruido toda posibilidad de progreso y toda simiente de ascensión humana.
Pero no puede tampoco dirigir sus esfuerzos hacia la ruptura de una adaptación conseguida o hacia el mantenimiento de una inadaptación sufriente.
La respuesta quizás esté en lo que alguna vez expusiera en este sentido: la salud puede definirse, en último término, como una adaptación creadora, es decir, una adaptación no estática, sino en un desequilibrio continuo que va buscando su estabilidad en puntos cada vez más altos de la escala evolutiva.
Acaso el hombre sano es el que fuera capaz de crear, amar y reír.
Crear en el sentido, por supuesto, de recrear. No podemos crear, porque creación implica obtención de algo de la nada, pero todo puede ser recreado, y esa recreación se acompaña, como la palabra misma lo sugiere, del gozo interior.
Amar, que es capacidad de dar y recibir, de crear y recrear; y reír, que es posibilidad de goce pleno. Quizás ninguna de estas virtualidades humanas puede darse sola y quizás la que se encuentra en el centro de ellas es la de amar. Quien no puede amar, no puede crear ni puede reír.
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